En vísperas de una manifestación que sufriremos todos aunque sólo apoyen unos pocos, un importante periódico nacional ha tenido la brillante idea de recoger los testimonios de aquellos que ahora quieren bautizar como “generación perdida” y que no son (somos) más que los jóvenes que han oído demasiadas veces la palabra “crisis” como disculpa laboral de cualquier tipo… Yo, que soy conspiracionista de nacimiento, creo que el periódico lo hace para provocarnos a todos aquellos que llevamos (con perdón) en la mierda una buena temporada las ganas de echarnos a la calle el 29-S. Porque si no es por eso, no tiene mucho sentido hacerlo justo ahora: ninguna de las situaciones que se cuentan con tanto cariño y tanto detalle es de hoy, ni de ayer, es gente que lleva mucho tiempo tratando de sobrevivir,que igual que ocupó una portada el pasado domingo lo podían haber hecho hace un año.
Así que entre brillantes calificativos y lamentos que se repiten hasta la extenuación tenemos que los que cambiaron las clases por el ladrillo se equivocaron, los que elegimos la universidad también, el que ha hipotecado el futuro de sus hijos con carísimos MBA’s no lo tiene mejor que el que ni siquiera tiene la ESO por haberse “empeñao” en ganar dinero y a eso hay que sumarle la insistencia a la hora de afirmar que pasaremos a la historia como la generación perdida. Yo,que crecí entre JASP, democracias jóvenes y orgullosas y la necesidad de formarse para “llegar a alguna parte” ahora me quedo en la generación perdida…
Hace unos días un buen amigo me dijo que para sobrevivir en el mundo laboral hay que ser cabronazo a cada minuto, y tratar de luchar y proteger lo que es tuyo, o quieres que lo sea, a cada momento, como si fueses una leona en medio de la selva tratando de defender a tus crías. Supongo que ese es el planteamiento de muchos que están arriba y quieren mantenerse ahí hasta su añorada jubilación, de todos esos que despiden antes de recortar gastos innecesarios, de los que hacen contratos basura sin importar a cómo esta un alquiler o cuan lamentable es la media entre horas invertidas y dinero ganado… Así que están los que tratan de sobrevivir y los que van de caza, los reyes de la manada y los que no tienen otra que levantarse con el miedo en el cuerpo pensado “será hoy”. Y será así siempre, porque hace tiempo que nos olvidamos de los convenios colectivos, que nos vendimos por un poco de seguridad cuando lo que hacíamos era hipotecar nuestro futuro, que nos preocupamos por bonitos contratos fijos cuando no conozco a nadie de mi generación que pueda presumir de tener uno, porque una vez hicieron la trampa y vieron que resultaba más barata, más beneficiosa y menos comprometedora que aquellas leyes por las que muchos lucharon y que no les costó nada cargarse.
Queremos trabajar, pero no queremos ser precarios, queremos levantarnos una mañana y ver que los que vivimos se acerca, mínimamente, a aquello de lo que nos hablaban entre tanto Máster, tanta clase y tanto idioma, queremos mirar a los ojos al tipo/a con el que nos acostamos de vez en cuando y no sentir que llegas tarde y que vuestros sueños serán eso, sueños, queremos que esos que se denominan jefes dejen de utilizarnos y de vendernos promesas insultantes y vergonzosas que lo único que hacen es fomentar la precariedad y el triste consuelo de “hasta que salga otra cosa”.
Pero ya tenemos un nombre, ya nos han bautizado y ya han asumido que miles de expedientes se irán por el retrete o por la puerta de embarque más próxima. Yo no siento que forme parte de una generación perdida, yo sé muy bien de dónde salí y hasta dónde quiero llegar, lo he intentado de mil maneras y lo único que me he encontrado es el egoísmo de quien te condena a la precariedad y a la insatisfacción en pos de un “es lo que hay, como tú tengo 300 en la puerta”, la hipocresía de quién escribe artículos sobre las difíciles condiciones laborales de la juventud mientras los becarios de su propia redacción se van a comer a casa de mamá y la desvergüenza de quien te mantiene en un frágil hilo económico mientras él salva los muebles presupuestarios y como premio se marcha unas semanas a Playa Bávaro con su amante.
Si ya somos una generación, ya somos mayores, y si somos mayores ya podemos hablar claro. Somos un montón de gente que no le importamos a nadie más que a nuestros padres, que ya tuvieron bastante con luchar por lo suyo, somos lo que nos pidieron que fuésemos, y ahora no saben donde meternos, somos el futuro, cuando ni siquiera saben darnos un digno presente…. Somos la generación engañada, pero todavía no nos hemos perdido.










